miércoles, 24 de enero de 2018

Sus ojos como estrellas, desde lo alto nos miran. Sus voces, susurros del viento, nos hablan. Sus sombras, infinitas como su tamaño, nos cobijan. Su sangre, el nectar de la vida, el agua, nos sostiene. Sea divina su existencia - Alto Sacerdote Romon III, Capilla del Agua

Ares

Cada día creo haber olvidado lo que se siente al estar vivo, cada noche creo conocer un poco más lo que significa morir. Cada vez que la miro... descubro lo que significa tener un motivo, un propósito, un destino. Vivir en Angra no es sencillo, pese a no ser una población grande y que cada habitante nos reconocemos como una gran hermandad, dificulta mucho la existencia del elemento más primordial. Agua, la bendita y a la vez maldita agua, sanadora de todo mal, recurso escaso y más preciado que cualquier otro elemento, salvo que la vida humana. O eso pensaba antes de descubrir una de las más amargas verdades que el corazón humano puede albergar oculto en su interior. Pese a todo, podíamos seguir hacia delante. Angra era una población en mitad del gran desierto de Serssi, perdido en algún punto concreto de su enorme vastedad. Poco habitante de la población conocía algo más que arena, menos eran los que habían logrado salir del desierto y visitar otros lugares. Los niños crecían pensando que ese era el mundo, tal cual, seco, abstracto, árido y yermo, salvo por el agua que de vez en cuando descendía, milagrosa, en mitad de las arenas. A veces llegaba un pequeño riachuelo, pura, libre de cualquier impureza, como si malvada arena del desierto no pudiese llegar a tocarla. Angra tenía preparado un canal principal para que el agua discurriera por el centro de la población como si fuese una suerte de desfile de la más alta realeza. Allí nos arrodillábamos y llenábamos como buenamente podíamos algunos odres para nuestros designios. Tristemente, nunca era suficiente. El agua calma la sed como nada de lo que logramos destilar en Angra, pero no sólo eso: adormece al insomne, calma al dolido, sana al enfermo, cicatriza las heridas... El agua es lo que comunmente se ha soñado como magia, un sortilegio, pues es un regalo de los llamados dioses, los Guardianes. Se han contado tantas historias respecto a ellos, todas provinientes de algunos escasos viajeros y de los clérigos de la Capilla del Agua, que sirve de templo para rezarles y pedir su atención, su beneplácito y que el flujo de agua jamás deje de llegar, aunque sea tan poca, aunque sea insuficiente para toda la población, aunque nunca obtenga la suficiente para que el amor de mi vida pueda seguir viviendo a mi lado...

-Ares- la voz de Teseus me llegó como un lejano fantasma -Ares, eh- fue cuando me zarandeó el hombro cuando respondí. Le miré fijamente ¿Cuanto tiempo había estado perdido en mis pensamientos? -Ya puedes irte por hoy- dijo, secándose el sudor de la frente. Apenas estaba empezando a caer la tarde pero el calor... Oh, el calor, jamás cesaba. Y las noches eran gélidas como el alma de un asesino
-Aún no he terminado de machacar las hojas de thifa- mascullé, había perdido mucho tiempo en mis problemas internos
-Ya lo veo- suspiró -Pero da igual. Vete ya, descansa. Hoy parece que el sol está mas hideputa de lo normal y nos va a fundir el cerebro. Además, déjalas reposar. Quizá nos ayude este insufrible infierno y las haga sudar sin necesidad de meterlas al fuego. Ahorraremos yesca y madera- aquellas palabras me hicieron asentir, de forma que dejé el enorme mortero casi tan grande como mi brazo en el enorme recipiente lleno de hojas de thifa y me dispuse a secarme el sudor con un viejo y ajado pañuelo. La thifa, volví a pensar, ese recurso que de no ser por él no podríamos vivir un sólo día en Angra. No, no podriamos vivir directamente en el mundo. Los árboles thifa no requerían agua para crecer, sólo calor y un largo y laborioso proceso de pelado. Eran unos árboles que por naturaleza creaban una durísima corteza, tan dura como la piedra, que recogía el calor del sol y mantenía caliente su interior. Esa corteza durísima había que destruirla, rascarla, desnudar al árbol. Así, el sol lo calentaba directamente en su núcleo. Esto aceleraba un poco su madurez y generaba, sabían los dioses cómo, una suerte de proceso interno que hacía que la plantas segregara lo que llamábamos "licor de sol". Con las hojas del árbol y el propio tronco desnudo, machacado, troceado y expuesto a una temperatura alta, más de la común del sol, como una exposición directa al fuego, conseguía que los árboles thifa y sus hojas se consumieran y quedase simplemente ese extraño licor, que desde hace siglos, las familias de Angra han usado para vivir. No sacia como el agua. Jamás nada saciará como el agua, pero era suficiente para sobrevivir, si lo acompañábamos con la ocasional leche de los animales de los pastores o comerciantes y la comida, sólo para esperar de rodillas un poco más la tan ansiada agua.

Aquella tarde me dolía la espalda, demasiado. Estaba achicharrado. Por lo general se trabajaba descamisado y aunque mi piel estaba curtida tras 40 largos años de vida, por alguna razón, aquella jornada el sol me había castigado muy severamente. Anduve por entre las calles formadas por las viviendas de Angra, todas de enorme piedra tallada, tan anchas que permitía un cierto alivio fresco bajo la sombra de su interior. Más allá, sobre las mismas, destacaba el Palacio Blanco. Si algo destacaba en Angra a parte de lo demás, era la diferencia de clases. Yo nunca me consideré un absoluto insurrecto, pero me hervía la sangre contemplar las blancas murallas de ese enorme hogar donde vivía la familia que, por sangre, había fundado Angra y según decían, descubrieron el destilado del licor de sol. Como en todo reinado, o intento de reinado, ellos apenas movían un dedo por la supervivencia de la población de Angra, simplemente se sentaban a la sombra de su amurallado hogar, comiendo de la mejor carne de los pastores, de la mejor leche de los animales y del licor de sol mejor preparado, tanto como quisieran, mientras que los menos favorecidos, los habitantes de a pie, nos veíamos en la necesidad de beber con precaución para no agotar la reserva que con esfuerzo podíamos comprar -...Sea divina su existencia- pude oir de paso, avanzando por las calles, a un clérigo que sobre una roca y bajo la sombra de un anciano arbol thifa cantaba sálmos a los dioses Guardianes. Un círculo de ciudadanos se arremolinaba entorno a él, con las manos juntas sobre sus cabezas, rezando en voz baja los mismos salmos, esperando el día en que se oyera el dulce cántico del agua corriendo por el canal. Yo... ya ni recordaba cuando fue el último día de agua. Empezaban a demorarse demasiado, más cada mes...

-Estoy aquí- dije por fin, abriendo la pesada puerta de madera y cerrándola a mi espalda. El frescor de la sombra me abrazó como una fogosa amante. Suspiré de placer. Mi espalda, si pudiera, gritaría de gozo. Dejé de un odre de licor de sol sobre la mesa y me senté con la espalda contra la pared para sentir su frescura. Lírida no tardó en aparecer. Pálida pese al sol, como siempre, como una estrella brillando entre las llamas de la boca más oscura de un demonio -¿Cómo te encuentras hoy, cariño?- la chica se acercó, la tomé de la cintura y la senté sobre una de mis piernas. La besé con dulzura, con cuidado, como si pudiera romperla. Esperaba que ese día no fuese uno de esos terribles que no puede soportar su propio dolor de cabeza. Aseguró no estar mal y su sonrisa triste no me terminó de convencer, pero era consciente de mi propia pesadez, de mi inseguridad por su bienestar... y no quería atosigarla. Aún me hacía gracia contemplarla en mi regazo y saber que si no nos conocieran, dirían que soy su padre, o que podría serlo. 40 años yo, 24 ella, y nos queriamos como adolescentes. Yo al menos la adoraba. Algunos compañeros me daban codazos, burlándose de cómo no iba a amarla, si siendo 16 años menor que yo, aún le faltaban bastantes años hasta que sus atributos cayeran por su propio peso. Que si fuesen ellos los que estuvieran en mi lugar, juraban por los Guardianes que también amarían con locura a Lírida y no tendrían ojos para otra mujer. Idiotas, imbéciles, no sabían absolutamente nada de Lírida y sólo se referían a ella como un joven cuerpo femenino. Sí, era hermosa. Sí, sus ojos, sus formas, cada parte de ella, era más mágica que la propia agua para mí, pero no era eso. Ella era mucho más que eso. Era lo que me quedaba en la vida, como yo a ella. Eramos dos almas desoladas que se encontraron en momentos de necesidad. Era un fuego que se apagaba muy lentamente... La simple idea me torturaba. Por eso me limité a abrazarla, a enterrar mi barbado rostro en su pecho. Sentí sus manos rodeándome. Sus brazos pasaron sobre mis hombros y siseé. Maldito escozor. Lírida se preocupó -No es nada- le sonreí -Hoy el señor sol estaba algo... molesto, al parecer- me burlé -Nos ha hecho trabajar bajo el fiero látigo de fuego- Lírida se extrañó, no por nada. No era en absoluto común que el sol me quemara la piel a estas alturas. Era abrasador, sí, pero sus rayos no eran tan mezquinos, insidiosos y punzantes para lacerarme la piel de esa forma. Chasqueando la lengua, se levantó de mi regazo y masculló que iría a por algo del agua que nos quedaba. Alargué el brazo como una centella y la aferré de la muñeca -¿Qué?- ella me miró con una sonrisilla culpable -¿Me estás diciendo que aún queda agua?- ella asintió con timidez, aunque aseguró que muy poca. Ni siquiera para un pequeño trago, pero que si derramaba esas gotas por mis hombros y espalda, quizá... -Creí haberte dicho que te la bebieses toda, Liri...- suspiré, mirándola con pesar. Ella simplemente me miraba divertida, con su corazón de niña latiendo con fuerza en su interior. Con ese preciado latir que me daba la vida a mí más que a ella -No voy a utilizar ese agua. Reserva ese pequeño trago para cuando vuelvas a sentirte mal- ella se negó en absoluto, frunciendo el ceño ¿Es que acaso era yo el único con derecho a preocuparme en la pareja? Suspiré profundamente -Liri...- negué con la cabeza -Sólo es una simple quemazón. No me he atravesado el costado con una lanza- le sonreí con pesadez. Estaba cansado, me pesaban los ojos y ella lo veía. Ella no me hizo caso y simplemente se marchó. Bajé la cabeza y me limité a respirar. Si el agua no fuese tan escasa... Maldita sea...

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