Lírida
Me desperté en mitad de la noche con un profundo malestar. No me había recuperado aun del incidente, menos aún de la posterior caída y la reciente y trágica noticia. Al abrir los ojos, se derramó una lágrima del mismo que fue a parar hasta la almohada rápidamente. No sabía que había estado soñado. Quizás ni si quiera había soñado y mi mente, sencillamente, había decidido no descansar aun en mi sueño. Lancé un rápido suspiro al comprobar que todo, todo lo que había ocurrido era real. Me moría. Y lo cierto, es que hacía años que lo sabía. No era la primera ni sería la última que moriría de lo que comúnmente se llamada Deterioro. Mi propia madre falleció a causa del mismo, pero jamás le conté a Ares que mis dolencias, mis sensaciones... Eran las mismas que tuvo mi madre años antes de morir. Me sentí mal por mi y mal por él, por mentirle, por ser una mujer tan inútil para él... Extendí el brazo, ansiando rozar su piel para encontrar en ella mi redención, pero no conseguí encontrarla. Agudicé la mirada aún en la oscuridad, pero no conseguí encontrarle. Su lado en la cama estaba vació. Estaba sola. -¿Ares?- Le llamé. Al no recibir contestación alguna, salí de la cama para ir en su búsqueda.
El mareo se apoderó de mi cabeza conforme anduve por la casa, apoyándome a lo largo de la pared. -¿Ares, donde estas?- Sin respuesta alguna, comprendí que se había marchado. Pero ¿A donde? No solía salir de casa por la noche, mucho menos sin contármelo antes. Me preocupé. En ningún momento se me pasó por la cabeza que me había abandonado o algo parecido, pero sí me temí lo peor. ¿Que le llevaría a dejarme sola en casa? Calzando los pobres y únicos zapatos que tenía, me atreví a salir del hogar y caminar hasta la parte trasera de la casa, donde Ares había construido hacía años un pequeño establo de madera, donde ahora solo descansaba nuestro caballo, algo viejo ya. Él tampoco estaba allí... Sin embargo, su voz sonó a mis espaldas.
-Lírida... ¿Que haces fuera?- Su voz me sobresaltó, grave y clara en mitad de una noche silenciosa.
-¡Ares! ¿Donde estabas?- quise saber, pero evadió la pregunta al acercarse y desatar las riendas que impedían que el animal se marcharse al estar atadas a un poste.
-Nos vamos- Dijo de forma apresurada
-¿Qué? ¿Como? ¿A donde?- No supe que decir. Quizás aun estaba soñado. Todo estaba siendo muy extraño. El hombre tiró del animal hasta llevarlo a la entrada de la casa. Yo los seguí sin comprender aun lo que ocurría. -Estoy asustada... ¿Que pasa?-
-Tranquila. No... No va a pasarnos nada ¿De acuerdo?- Conocía a Ares lo suficiente como para saber, con solo oír su tono de voz, cuando estaba preocupado por algo. Y aquella era una de esas veces. -Anda, coge tus cosas. Solo las necesarias ¿De acuerdo? Cárgalas en el asiento del caballo cuando estén preparadas, pero date prisa-
-Pero... ¿Por qué?- Contemplé un halo de resignación en la mirada del hombre. Había algo que quería evitar decir, pero no podía.
-He... He hecho algo malo y tenemos que irnos-
-¿Qué cosa?-
-Por favor, Lírida. No mas preguntas. Tenemos prisa. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Confías en mi?- Preguntó con tono desesperado.
-Claro que si-
-¿Querías que nos fuésemos? ¿Querías dejar esta ciudad y conocer lo que hay fuera? Muy bien, lo haremos ya. Hazme caso y coge lo necesario. Te contaré lo que ha pasado cuando estemos lejos de aquí.-
No encontré palabras, y quizá tampoco valor para seguir preguntando o insistiendo. Entré en la casa, que ahora me parecía más grande que nunca. Pensar en pocos minutos y realizar una lista mental de cosas necesarias no era una labor fácil, aunque quizás más sencilla para mi que para otras personas con más posesiones. Tomé una bolsa grande de tela que guardaba bajo la cama y metí las únicas dos mudas de ropa con las que contaba. Cuando estuvieron guardadas, medité un poco más. ¿Que me faltaba? ¿Que más era necesario? -Vamos, cariño. Por favor- La voz de Ares me ponía nerviosa. ¡¿Y si se me olvidaba algo esencial?! El hombre guardó, por su parte, sus pertenencias y las cosas que contempló como necesarias mucho antes que yo: Líquido, el dinero sobrante de pagar al médico, una manta cálida que yo misma tejí... -Tranquilízate, no tiembles.- Sugirió tras contemplar como mis manos vibraban en el aire mientras se extendían, incapaces de abarcar toda una casa llena de recuerdos y buenos momentos.
-¿Vamos a volver?- Me atreví a preguntar.
-Quizá... No lo sé, cielo... No lo sé- Me lo tomé como un no, de manera que terminé de recoger un par de rábanos y una calabaza que aun guardaba y cerré la bolsa con un nudo fuerte. -¿Ya esta?-
-Creo que sí-
-Pues vayámonos- Ares salió de la casa acelerado mientras yo me colocaba el velo de la cabeza hasta la cintura, intentando abrigarme, ocultarme, sentirse segura de alguna manera. Cerré la puerta de la casa, haciéndome a la idea de que quizás sería la última vez que tocaba esa puerta de madera que tantas veces se rompía en los inviernos. Entonces, Ares me tomó por la cintura y me subió a lomos del caballo, para después colgar la bolsa de la silla y subir él a mis espaldas. Tomó las riendas del animal y azotó las mismas para que éste se pusiese en marcha tras emitir una sonora orden.
El acelerado galope del caballo hizo que nos encontrásemos a las afueras de Angra mucho antes de lo esperado. Pero aun teniendo los bastos edificios ya a nuestras espaldas, Ares no perdía la tensión de sus brazos ni un solo instante. En mi cabeza se dibujaron docenas de posibilidades por las que Ares necesitase huir de la ciudad en mitad de la noche, siendo conocedora de su reticencia a abandonar Angra bajo toda oportunidad. Pero ninguna era tan atroz, tan importante, tan complicada como para hacer lo que estábamos haciendo en ese momento. Me permití acariciar un brazo del hombre, intentando transmitirle serenidad, paciencia y apartar sus miedos, hacerle saber que yo estaba allí, con él, ocurriera lo que ocurriese. Me dejé caer un poco hacia atrás, hasta sentir el contacto de mi espalda con su torso. De alguna manera, me tranquilicé, rodeada de su aroma, de su esencia, de su cobijo, mientras miraba el horizonte nocturno. El cielo estaba salpicado de miles de estrellas, brillantes, enormes, eclipsantes de cualquier cosa preciosa que la tierra pudiera tener. Alcé la vista para contemplarlas mejor. Era curioso el cielo: Aunque nos alejásemos, aunque nos fuésemos lejos... Las estrellas siempre estaban ahí. Las estrellas siempre eran las mismas.
-Lírida... ¿Que haces fuera?- Su voz me sobresaltó, grave y clara en mitad de una noche silenciosa.
-¡Ares! ¿Donde estabas?- quise saber, pero evadió la pregunta al acercarse y desatar las riendas que impedían que el animal se marcharse al estar atadas a un poste.
-Nos vamos- Dijo de forma apresurada
-¿Qué? ¿Como? ¿A donde?- No supe que decir. Quizás aun estaba soñado. Todo estaba siendo muy extraño. El hombre tiró del animal hasta llevarlo a la entrada de la casa. Yo los seguí sin comprender aun lo que ocurría. -Estoy asustada... ¿Que pasa?-
-Tranquila. No... No va a pasarnos nada ¿De acuerdo?- Conocía a Ares lo suficiente como para saber, con solo oír su tono de voz, cuando estaba preocupado por algo. Y aquella era una de esas veces. -Anda, coge tus cosas. Solo las necesarias ¿De acuerdo? Cárgalas en el asiento del caballo cuando estén preparadas, pero date prisa-
-Pero... ¿Por qué?- Contemplé un halo de resignación en la mirada del hombre. Había algo que quería evitar decir, pero no podía.
-He... He hecho algo malo y tenemos que irnos-
-¿Qué cosa?-
-Por favor, Lírida. No mas preguntas. Tenemos prisa. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Confías en mi?- Preguntó con tono desesperado.
-Claro que si-
-¿Querías que nos fuésemos? ¿Querías dejar esta ciudad y conocer lo que hay fuera? Muy bien, lo haremos ya. Hazme caso y coge lo necesario. Te contaré lo que ha pasado cuando estemos lejos de aquí.-
No encontré palabras, y quizá tampoco valor para seguir preguntando o insistiendo. Entré en la casa, que ahora me parecía más grande que nunca. Pensar en pocos minutos y realizar una lista mental de cosas necesarias no era una labor fácil, aunque quizás más sencilla para mi que para otras personas con más posesiones. Tomé una bolsa grande de tela que guardaba bajo la cama y metí las únicas dos mudas de ropa con las que contaba. Cuando estuvieron guardadas, medité un poco más. ¿Que me faltaba? ¿Que más era necesario? -Vamos, cariño. Por favor- La voz de Ares me ponía nerviosa. ¡¿Y si se me olvidaba algo esencial?! El hombre guardó, por su parte, sus pertenencias y las cosas que contempló como necesarias mucho antes que yo: Líquido, el dinero sobrante de pagar al médico, una manta cálida que yo misma tejí... -Tranquilízate, no tiembles.- Sugirió tras contemplar como mis manos vibraban en el aire mientras se extendían, incapaces de abarcar toda una casa llena de recuerdos y buenos momentos.
-¿Vamos a volver?- Me atreví a preguntar.
-Quizá... No lo sé, cielo... No lo sé- Me lo tomé como un no, de manera que terminé de recoger un par de rábanos y una calabaza que aun guardaba y cerré la bolsa con un nudo fuerte. -¿Ya esta?-
-Creo que sí-
-Pues vayámonos- Ares salió de la casa acelerado mientras yo me colocaba el velo de la cabeza hasta la cintura, intentando abrigarme, ocultarme, sentirse segura de alguna manera. Cerré la puerta de la casa, haciéndome a la idea de que quizás sería la última vez que tocaba esa puerta de madera que tantas veces se rompía en los inviernos. Entonces, Ares me tomó por la cintura y me subió a lomos del caballo, para después colgar la bolsa de la silla y subir él a mis espaldas. Tomó las riendas del animal y azotó las mismas para que éste se pusiese en marcha tras emitir una sonora orden.
El acelerado galope del caballo hizo que nos encontrásemos a las afueras de Angra mucho antes de lo esperado. Pero aun teniendo los bastos edificios ya a nuestras espaldas, Ares no perdía la tensión de sus brazos ni un solo instante. En mi cabeza se dibujaron docenas de posibilidades por las que Ares necesitase huir de la ciudad en mitad de la noche, siendo conocedora de su reticencia a abandonar Angra bajo toda oportunidad. Pero ninguna era tan atroz, tan importante, tan complicada como para hacer lo que estábamos haciendo en ese momento. Me permití acariciar un brazo del hombre, intentando transmitirle serenidad, paciencia y apartar sus miedos, hacerle saber que yo estaba allí, con él, ocurriera lo que ocurriese. Me dejé caer un poco hacia atrás, hasta sentir el contacto de mi espalda con su torso. De alguna manera, me tranquilicé, rodeada de su aroma, de su esencia, de su cobijo, mientras miraba el horizonte nocturno. El cielo estaba salpicado de miles de estrellas, brillantes, enormes, eclipsantes de cualquier cosa preciosa que la tierra pudiera tener. Alcé la vista para contemplarlas mejor. Era curioso el cielo: Aunque nos alejásemos, aunque nos fuésemos lejos... Las estrellas siempre estaban ahí. Las estrellas siempre eran las mismas.
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