miércoles, 24 de enero de 2018

Lírida

Me atreví a probar una cucharada de la sopa de thifa y rábanos que había estado preparando en una pequeña olla de cerámica al fuego. Normalmente, cocinaba con antelación al regreso de Ares, para que no tuviese que esperar a saciar su hambre demasiado tiempo. Como esperaba, me quemé la lengua. Lancé un tímido quejido y chasqueé, intentando calmar la quemazón mientras el sabor amargo de la sopa se deslizaba lentamente por el paladar. Estaba lista. Tomé dos platos algo asimétricos de un pequeño armario de madera y serví sopa en ambos. Solía llenar el plato de Ares más que el mío, y no por ahorrar, sino porque él comía muchísimo más que yo. Sujetando ambos cuencos con ambas manos, caminé de regreso hasta donde el hombre se había sentado. Puse su plato junto a él y el mio cerca de mi asiento, para después sentarme y observarle. -Bueno, ¿Que tal tu día entonces? ¿Todo bien?- Normalmente, siempre le realizaba la misma pregunta. Teniendo en cuenta que apenas pasábamos pocas horas juntos al día, lo lógico es que quizás deberíamos hablar de otro tipo de cosas. Pero yo era feliz sabiendo cosas de él, dejándole a él hablar, contemplando como su rostro y sus expresiones cambiaban conforme relataba su día, aquella era la rutina que me gustaba. Era mágico.

El hombre tomó una cucharada de sopa, la tragó y tomó aire para comenzar a relatar cada mínima cosa que había hecho o trabajado aquel día. Explicó que se despertó antes de que yo lo hiciera, que trabajó sin descanso hasta la hora del almuerzo, y que mientras comía, había hablado con un compañero que ya estaba bastante mayor y pensaba dejar el oficio para poder pasar por fin más tiempo con su esposa, por fin. Sonrió al decir aquello, como si la envidia más sana le estuviese corroyendo las entrañas. Al hacerlo, algunas arrugas adornaron el perfil de sus ojos y yo me quedé mirándolas. Ares no era viejo, pero sí más mayor que yo. Sus manos, trabajadas, cada vez dejaban ver más sus venas verdosas. Sus sienes, empezaban a salpicarse de pequeñas canas plateadas, y su rostro, su cuerpo, cada vez albergaba más manchas provocadas por la constante exposición al sol. Sin embargo, no perdía el atractivo que siempre le caracterizó. Ese atractivo que me conquistó la primera vez que le vi.

Trabajaba en los cultivos que mis padres habían conseguido labrar tras muchos años de esfuerzo. Al ser la única hija de la familia, siempre estaba ocupada con las labores del hogar. Pero sin lugar a dudas, la tarea que más me gustaba, era encargarme de los animales y Ares consiguió darle un sentido a ello cuando, un día, estando aun somnolienta mientras alimentaba a los caballos, él pasó frente a la casa de mis padres acompañado de más hombres. Recuerdo que el grupo de hombres me miró y, de seguro, rieron por mis cabellos largos despeinados y las ojeras que caracterizaban mi rostro mañanero. Sin embargo Ares no lo hizo. Él solo me sonrió y yo no fui capaz de mirarle, tan avergonzada como estaba. Pensé que quizás había sido un momento fortuito, un momento más, pero no fue así. A la mañana siguiente, Ares volvió a pasar frente a la casa. Y a la siguiente y a la siguiente. Cada día, empecé a despertarme con menos desgana y más ánimo. Pasé largos minutos innecesarios sobrealimentando a los animales, incluso charlando con ellos como si pudiesen comprenderme, mientras esperaba a que él volviese a pasar y volviese a sonreírme, para así atreverme a devolverle la sonrisa yo también, con el corazón acelerado y su perfecta sonrisa grabada en mi mente. Parecíamos dos... pequeños estúpidos.

Y un día, él se acercó. Yo no supe que hacer, no sabía donde meterme. Era la primera vez que el hombre al que sonreía se acercaba, la primera vez que oía su voz. Me entregó una dárama lilácea, parecida a un diente de león. Me dijo que la había recogido en el camino porque siempre que las veía, le recordaba a mi. ''Una flor que florece en el desierto'' dijo ''Una flor que muestra sus colores en mitad de un mundo sin color''. La cogí con timidez y no le dije nada. Estaba tan avergonzada... Que cuando se fue, pensé que le había causado una mala impresión y no volvería a sonreírme jamás. Pero no fue así. Quizá orgulloso de que su atrevimiento surtió efecto, Ares tomó la costumbre de charlar todos los días por la mañana antes de irse a trabajar durante todo un invierno. Y un día, no fuimos conscientes del pasar del tiempo. Él desatendió su trabajo y yo mis obligaciones durante todo un día. Al anochecer, se plantó en la casa y le pidió a mis padres permiso para casarnos. Mi madre se puso echa una fiera al ver que el hombre que me pretendía me sacaba más de diez años, pero supongo que lo que realmente le pasaba, es que tenía miedo de que su hija se marchase de su lado. Mi padre, por su parte, no tuvo problemas en aceptar darle mi mano a un hombre maduro y trabajador.

Y quizás... en la actualidad, podríamos haber estado ya casados de no ser porque, pocos meses después, las cosas empezaron a complicarse. Mi padre murió de cansancio y la casa, las tierras, los animales y las deudas pesaron demasiado sobre los hombros de mi madre y los míos. Tuvimos que venderlo prácticamente todo y aun así, seguíamos sin poder hacer frente a lo que el futuro nos iba a deparar. Un año después, murió mi madre, que nunca había gozado de buena salud, como yo. Vendí la casa o lo poco que quedaba de ella cuando Ares me ofreció la suya, como si ya estuviésemos casados, como si ya ambos fuésemos uno.

Con el dinero de la casa, compré un caballo, una vaca y un par de gallinas para poder abastecernos un tiempo. Las cosas podrían haber ido bien, de no ser por la enorme escasez de agua, que no ha hecho otra cosa más que traer pobreza a la pequeña familia que él y yo formábamos. Ares vivía preocupado por ello. Se dejaba la energía, las ganas, las motivaciones y su razón de ser en el trabajo con tal de traer algo de dinero o líquido a casa. Y por ello se le veía tan... apagado. -Algún día llegará tu turno- Le sonreí -O en vez de esperar... Podríamos irnos- Sugerí, mordiéndome el labio inferior, a sabiendas de la expresión que pondría. No era la primera vez que lo sugería, el marcharnos lejos, a otro sitio, a otro país, donde quizás las cosas fuesen mejor.  Ares terminó de beberse la sopa tomando el cuenco con las dos manos, y pacientemente, dijo que no podíamos -Pero podríamos intentarlo. Sólo es un desierto. Nos aprovisionaremos bien y seguro que llegaremos, los dos juntos- El hombre se levantó del asiento, llevó su plato hacia un cubo lleno de líquido con el que limpiaba la vajilla sucia y se descamisó. Cuando lo hizo, pude contemplar su espalda rojiza, tostada y chamuscada, decorada con docenas de manchas oscuras que ya jamás desaparecerían. Se volvió a negar. Era demasiado peligroso. Demasiado peligroso, para mí. -Pero... Te echo de menos...- Expliqué componiendo una voz triste y apagada. Él me miró por encima del hombro, con rostro triste también. También me echaba de menos.

A paso lento, se dirigió hacia la cortina que separaba la estancia de la habitación en la que dormíamos. En sí, nuestra casa era un pequeño habitáculo donde todo estaba conectado con todo, sin puertas que separasen las zonas. Sólo la cortina separaba la cama del resto de la casa. Y aunque fuese una simple tela, nos daba cobijo y seguridad. Tras correrla, Ares se desplomó sobre el camastro boca abajo, gozando cada momento de tranquilidad y comodidad que estaban disfrutando sus sentidos. Le dejé acomodarse mientras fregaba los platos sucios, de manera que cuando terminé y regresé hasta él ya se encontraba demasiado somnoliento como para percatarse de mi presencia. Tras apagar los fuegos que iluminaban el hogar, me desnudé a sus espaldas y me vestí con una camisa que le pertenecía, pero que hacía meses usaba para dormir cómoda. Después, me incorporé en la cama con cuidado, con lentitud y cierta intencionalidad. Soplé despacito sobre las quemaduras en la espalda de Ares, provocandole algún que otro gemido de puro alivio. -¿De verdad no quieres el agua?- Ares negó con la cabeza. Estaba demasiado cansado incluso para gesticular, de manera que supuse que estaría también indispuesto para cualquier tipo de cariño que le pudiese dar. Lo cierto es que yo también estaba cansada. Me dolía la cabeza como tantas otras noches y tampoco me encontraba demasiado animada como para mantener un rato más de actividad. Besé la sien de Ares y pasé una mano por debajo de su brazo, sin rozar ninguna parte irritada, para finalmente cerrar los ojos. Sólo quería sentirle, dormir acompañada, saber que él siempre estaría ahí, conmigo.

A la mañana siguiente, preparé el almuerzo para Ares y se lo envolví en una pequeña bolsa de trapo. Apenas acababa de amanecer cuando se marchó y me quedé, de nuevo, sola en casa. No desayuné más que un vaso de leche que la vaca que teníamos proporcionaba, porque ya no había nada que desayunar. Los animales que anteriormente teníamos tuvimos que venderlos, a excepción de la vaca y el caballo, para comprar comida, o agua a quien le sobraba, lo cual era difícil de encontrar.

A mediodía, salí con un pañuelo rodeando mi cabeza y una cesta de mimbre bajo el brazo. Una mujer anciana que vivía en el norte de Angra, había prometido darnos huevos a cambio de haber limpiado la semana pasada toda su vivienda, que era mucho más grande que la nuestra. Me sabía mal pedírselos, ya que la mujer tampoco se encontraba sobrante de recursos, pero unos huevos le vendrían muy bien a Ares para reponer fuerzas, y su bienestar era lo que más me importaba.

No demoré demasiado tiempo con la anciana, puesto que necesitaba tiempo para adecentar un poco la casa y cocinar algo para almorzar, lo que llevaba demasiado tiempo diario. Regresé a paso constante hacia casa, pero en mitad del camino, bajo el imponente y brillante sol, comencé a sentirme mal. Ralenticé el paso y procuré caminar bajo la sombra que las casas proporcionaban, pero por alguna razón, no conseguí sobreponerme a aquel malestar. Entrecerré los ojos cuando la vista comenzó a nublarse y oí un lejao y constante pitido en el interior de mi oído. Sentí que el labio superior se me humedecía, y al llevar la mano y mirarla, la encontré manchada de sangre. -No... Otra vez no...- Las fuerzas me fallaron y la cesta con los huevos se me escapó de las manos, haciendo que estos estallasen contra el suelo y fuesen inservibles. Finalmente, intenté agarrarme a la pared, sostenerme de alguna manera, pero no pude. -A...Ayuda...- Cerré los ojos para intentar respirar cuando no encontré aliento suficiente, o eso fue lo último que recordé antes de que todo se tiñese de una enorme oscuridad.

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