jueves, 25 de enero de 2018

Lírida

Me desperté en mitad de la noche con un profundo malestar. No me había recuperado aun del incidente, menos aún de la posterior caída y la reciente y trágica noticia. Al abrir los ojos, se derramó una lágrima del mismo que fue a parar hasta la almohada rápidamente. No sabía que había estado soñado. Quizás ni si quiera había soñado y mi mente, sencillamente, había decidido no descansar aun en mi sueño. Lancé un rápido suspiro al comprobar que todo, todo lo que había ocurrido era real. Me moría. Y lo cierto, es que hacía años que lo sabía. No era la primera ni sería la última que moriría de lo que comúnmente se llamada Deterioro. Mi propia madre falleció a causa del mismo, pero jamás le conté a Ares que mis dolencias, mis sensaciones... Eran las mismas que tuvo mi madre años antes de morir. Me sentí mal por mi y mal por él, por mentirle, por ser una mujer tan inútil para él... Extendí el brazo, ansiando rozar su piel para encontrar en ella mi redención, pero no conseguí encontrarla. Agudicé la mirada aún en la oscuridad, pero no conseguí encontrarle. Su lado en la cama estaba vació. Estaba sola. -¿Ares?- Le llamé. Al no recibir contestación alguna, salí de la cama para ir en su búsqueda. 

El mareo se apoderó de mi cabeza conforme anduve por la casa, apoyándome a lo largo de la pared. -¿Ares, donde estas?- Sin respuesta alguna, comprendí que se había marchado. Pero ¿A donde? No solía salir de casa por la noche, mucho menos sin contármelo antes. Me preocupé. En ningún momento se me pasó por la cabeza que me había abandonado o algo parecido, pero sí me temí lo peor. ¿Que le llevaría a dejarme sola en casa? Calzando los pobres y únicos zapatos que tenía, me atreví a salir del hogar y caminar hasta la parte trasera de la casa, donde Ares había construido hacía años un pequeño establo de madera, donde ahora solo descansaba nuestro caballo, algo viejo ya. Él tampoco estaba allí... Sin embargo, su voz sonó a mis espaldas.
-Lírida... ¿Que haces fuera?- Su voz me sobresaltó, grave y clara en mitad de una noche silenciosa.
 -¡Ares! ¿Donde estabas?-  quise saber, pero evadió la pregunta al acercarse y desatar las riendas que impedían que el animal se marcharse al estar atadas a un poste.
-Nos vamos- Dijo de forma apresurada
-¿Qué? ¿Como? ¿A donde?- No supe que decir. Quizás aun estaba soñado. Todo estaba siendo muy extraño. El hombre tiró del animal hasta llevarlo a la entrada de la casa. Yo los seguí sin comprender aun lo que ocurría. -Estoy asustada... ¿Que pasa?-
-Tranquila. No... No va a pasarnos nada ¿De acuerdo?- Conocía a Ares lo suficiente como para saber, con solo oír su tono de voz, cuando estaba preocupado por algo. Y aquella era una de esas veces. -Anda, coge tus cosas. Solo las necesarias ¿De acuerdo? Cárgalas en el asiento del caballo cuando estén preparadas, pero date prisa-
-Pero... ¿Por qué?- Contemplé un halo de resignación en la mirada del hombre. Había algo que quería evitar decir, pero no podía.
-He... He hecho algo malo y tenemos que irnos-
-¿Qué cosa?-
-Por favor, Lírida. No mas preguntas. Tenemos prisa. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Confías en mi?- Preguntó con tono desesperado.
-Claro que si-
-¿Querías que nos fuésemos? ¿Querías dejar esta ciudad y conocer lo que hay fuera? Muy bien, lo haremos ya. Hazme caso y coge lo necesario. Te contaré lo que ha pasado cuando estemos lejos de aquí.-

No encontré palabras, y quizá tampoco valor para seguir preguntando o insistiendo. Entré en la casa, que ahora me parecía más grande que nunca. Pensar en pocos minutos y realizar una lista mental de cosas necesarias no era una labor fácil, aunque quizás más sencilla para mi que para otras personas con más posesiones. Tomé una bolsa grande de tela que guardaba bajo la cama y metí las únicas dos mudas de ropa con las que contaba. Cuando estuvieron guardadas, medité un poco más. ¿Que me faltaba? ¿Que más era necesario? -Vamos, cariño. Por favor- La voz de Ares me ponía nerviosa. ¡¿Y si se me olvidaba algo esencial?! El hombre guardó, por su parte, sus pertenencias y las cosas que contempló como necesarias mucho antes que yo: Líquido, el dinero sobrante de pagar al médico, una manta cálida que yo misma tejí... -Tranquilízate, no tiembles.- Sugirió tras contemplar como mis manos vibraban en el aire mientras se extendían, incapaces de abarcar toda una casa llena de recuerdos y buenos momentos.
-¿Vamos a volver?- Me atreví a preguntar.
-Quizá... No lo sé, cielo... No lo sé- Me lo tomé como un no, de manera que terminé de recoger un par de rábanos y una calabaza que aun guardaba y cerré la bolsa con un nudo fuerte. -¿Ya esta?-
-Creo que sí-
-Pues vayámonos- Ares salió de la casa acelerado mientras yo me colocaba el velo de la cabeza hasta la cintura, intentando abrigarme, ocultarme, sentirse segura de alguna manera. Cerré la puerta de la casa, haciéndome a la idea de que quizás sería la última vez que tocaba esa puerta de madera que tantas veces se rompía en los inviernos. Entonces, Ares me tomó por la cintura y me subió a lomos del caballo, para después colgar la bolsa de la silla y subir él a mis espaldas. Tomó las riendas del animal y azotó las mismas para que éste se pusiese en marcha tras emitir una sonora orden.

El acelerado galope del caballo hizo que nos encontrásemos a las afueras de Angra mucho antes de lo esperado. Pero aun teniendo los bastos edificios ya a nuestras espaldas, Ares no perdía la tensión de sus brazos ni un solo instante. En mi cabeza se dibujaron docenas de posibilidades por las que Ares necesitase huir de la ciudad en mitad de la noche, siendo conocedora de su reticencia a abandonar Angra bajo toda oportunidad. Pero ninguna era tan atroz, tan importante, tan complicada como para hacer lo que estábamos haciendo en ese momento. Me permití acariciar un brazo del hombre, intentando transmitirle serenidad, paciencia y apartar sus miedos, hacerle saber que yo estaba allí, con él, ocurriera lo que ocurriese. Me dejé caer un poco hacia atrás, hasta sentir el contacto de mi espalda con su torso. De alguna manera, me tranquilicé, rodeada de su aroma, de su esencia, de su cobijo, mientras miraba el horizonte nocturno. El cielo estaba salpicado de miles de estrellas, brillantes, enormes, eclipsantes de cualquier cosa preciosa que la tierra pudiera tener. Alcé la vista para contemplarlas mejor. Era curioso el cielo: Aunque nos alejásemos, aunque nos fuésemos lejos... Las estrellas siempre estaban ahí. Las estrellas siempre eran las mismas.

Ares

Un nuevo día, un nuevo sol. Ya brillaba éste alto y furioso en el cielo mientras molía madera y hojas de los árboles thifa. El sudor me caía desde el nacimiento del cabello hasta la barba, empapándome el rostro por completo. Me picaba, me agobiaba, pero soltar el mortero significaría que me costaría horrores volver a agarrarlo. Tras tantas horas de molienda los hombros, la espalda y los brazos me pesaban toneladas y sólo continuaba trabajando debido a la inercia de la tarea que me ocupaba -¿No te estás sobreesforzando?- me preguntó Teseus, pasando a mirar mi labor -Vaya- silbó -¿Te has mirado los brazos, Ares? Están a punto de estallarte- le obvié por completo, como si no estuviese ahí, concentrado en mi tarea -¿Cuanto tiempo planeas echar aquí?- preguntó por fin, cruzándose de brazos
-El que sea necesario- contesté quedamente -A más labor, más licor. A más licor, menos sed-
-Siempre tan entregado a Lírida- sonrió, compasivo -Oye... puedo hablar con el capataz. Ya sabes. Puedo ofrecer ayuda, un pequeño extra-
-Gracias Teseus pero no- bufé por el esfuerzo -No quiero tener mala reputación. Aquí en Angra, conseguirla es tremendamente sencillo- le miré de soslayo -Y esto lo hago por Lírida. Ella se merece todo mi esfuerzo. No me cuesta nada hacerlo por su bien, por su futuro-
-Pero hombre ¿Qué te cuesta pensar en tu futuro, a su lado? Si te matas trabajando la vas a dejar sola- rió en baja voz. Entonces, tuve que detenerme. El pesado mortero restalló como una explosión mientras me apoyaba en él para respirar. Tenía la espalda de nuevo quemada y empapada de sudor. Me picaba cada parte de ella y me escocía debido a las quemaduras mezcladas con el mismo sudor. Aspiré todo el aire que podía y lo solté en un largo bufido
-¿Cuanto hace de la última venida de las aguas, Teseus?-
-Pues...- calculó mentalmente -Han pasado casi... tres meses-
-Antes venía casi cada mes... Desde hace medio año o más se está retrasando cada vez más-
-Es el designio de los dioses- se encogió de hombros -Quizá les estamos ofendiendo ¡Tu exceso de trabajo les ofende hasta a ellos!- quiso quitar hierro al asunto bromeando
-No es motivo de burla, Teseus- le miré con seriedad -No para mí-
-Venga Ares. Maldita sea, eres todo un hombretón siendo tan serio- se burló sarcástico -Un poco de risa no te hará ningun mal. Diviértete ¡Vive, hombre!- me dio una palmada en el hombro. Le miré en silencio. Vivir. Ese era el concepto que me perseguía cada noche y cada mañana. La vida, la misma existencia. Estar ahí, de pie, mirándole, respirando, oyéndole. Pensando, maldiciendo, sintiendo dolor en la espalda, alivio en los brazos. La brisa que de vez en cuando danzaba entre nosotros. A veces caliente, a veces fría. El sabor amargo del licor, su frescura. El sabor delicioso de la carne, y su calor abrasante si estaba recién hecha. Vivir. Un simple cúmulo de sentimientos y sensaciones... que quería que Lírida siguiese sintiendo hasta mucho después de que yo me hubiese ido de este mundo. Porque una extraña sensación, un secreto que nos guardábamos mutuamente ella y yo, susurraba en la oscuridad siniestras palabras de malos presagios, peligros acechantes, la lacerante mirada de la fría penumbra, el nihilo, una corriente estigia, gama de grises que cada vez se tornaba más y más negra... Ah, sí... y jamás podría olvidar que fue precisamente el día en que confirmé aquellas peores y terribles pesadillas
-¡Ares!- oí la voz lejana de un compañero -¡Ares! ¿¡Dónde está Ares!?-
-¡Estoy aquí, Sadir!- llamé, alzando la mano -¿Qué te trae con tanta prisa?- pregunté cuando vino corriendo sin aliento hacia mi posición
-¡Ares... Ares...!- ladeé ligeramente la cabeza. Tamañana desesperación... mi corazón se estaba encogiendo por segundos -Lírida... ¡Lírida...!- sólo con oir su nombre bastó para que en mi mundo se pusiera el sol de inmediato. Yo ya no vivía mi vida a partir de ese instante. Moría en la cuenta atrás de la suya.

Cuando llegué hasta donde Sadir me guió ,había menos gente de la que esperaba intentando atender a mi buena Lírida. Derrotada, derribada en el suelo por sabían los dioses por qué razón, aparté a los curiosos y me lancé de rodillas a su lado, para sostenerla en brazos -¿Lírida? ¿Liri? Cielo, dime algo- la zarandeé con suma suavidad. Le aparté los cabellos del rostro, le besé la frente -¿Cariño...?- me quemaban los ojos como si fuesen ascuas tratando de contener la furia y la incapacidad que sentía en ese momento -Apolyo... ¿¡Dónde está Apolyo!?-
-A... a estas horas debe de estar en su casa...- dijo tímidamente un transeunte
-Sadir...- miré al muchacho -¿Sabes donde vivo, no es así...? Ve, busca a Tinja y traerla hasta la casa de Apolyo. Te esperaré allí-
-¿Tinja?-
-Es mi vaca... La única que tenemos...- mascullé, alzando en brazos a Lírida -Lo siento mi vida... pero tengo que saber que estás bien...- le dije, sin saber del todo bien si en su inconsciencia podría entenderme.

Tendida sobre una cama descansaba ella, dulce, serena, como el sueño más plácido que un hombre pueda llegar a soñar. Un leve rayo de sol alcanzaba a colarse por el hueco que hacía de ventana y le acariciaba la mejilla. Pequeñas, diminutas partículas de polvo flotaban sobre ella. Arena. No tendríais la osadía, inmisericordes ordas del desierto, de perturbar su tan sagrado sueño... -¿Cómo está?- pregunté, agitado, cuando Apolyo la dejó en la habitación y salió a verme al recibidor
-La he examinado minuiciosamente, hay algo que... Bueno...-
-¿Qué quieres decirme?-
-Hay algo que quiero hablar con ella cuando se despierte. Puedes adelantarme algo sin embargo... ¿Ella se ha encontrado bien últimamente?- dijo con voz siniestra. Recordé sus continuos dolores de cabeza, esas extrañas sensaciones de dolores que le venían aquejando cada vez más con los años, cada vez más constantes y punzantes, más intensas. Debió leer en mi rostro la respuesta -Puedes pasar a verla a la habitación... Esperemos que no tarde mucho en despertar-

Quizá pasó una hora o algo más cuando la mujer abrió los ojos. Asustada por no reconocer dónde se encontraba, trató de incorporarse con velocidad. La retuve con velocidad contra la cama para que no se empeorara -Quieta ahí, avecilla... Aún es pronto para que alces el vuelo- le sonreí, hablándole con suavidad y calidez. Me preguntó donde estaba. Pareció calmarse al ver que yo estaba a su lado
-En mi casa- dijo Apolyo con cierto tono apagado -Bienvenida, muchacha. Al parecer te desvaneciste en mitad de la calle hace un par de horas... Quería hablar contigo sobre ciertos asuntos- Lírida compuso un gesto extraño al identificar a ese hombre como Apolyo. Automáticamente clavó en mí la mirada, buscando una explicación. Las atenciones de ese hombre tenían un precio... ¿Cuál habíamos pagado?
-Tinja- dije con tristeza. La chica dejó caer la cabeza con pesadez sobre la almohada, entristecida y gris
-Cuidaré de ella- dijo Apolyo, como si aquello pudiese hacernos sentir mejor -Lírida, necesito que me contestes a unas preguntas muy sencillas- la chica lo miró -¿Es la primera vez que ocurre?- asintió -¿Y cómo te has estado sintiendo últimamente?- Lírida pasó entonces a contarle la situación interna que había estado viviendo -...¿Y durante cuanto tiempo?- toda su vida, aseguró -Vaya... ¿Y he de suponer que has bebido el agua durante estos años vividos?- ella asintió
-¿Qué pasa?- la cara de Apolyo no me gustaba en absoluto
-Supongo que he de hablaros con franqueza- suspiró -Es mi deber como médico-
-Habla- ordené de mal humor. Lírida me tomó la mano para calmarme
-Es difícil decir estas cosas... pero...-
-Habla, ya- ordené de nuevo
-Me temo que la llama se apaga, Lírida- sentí la mano de la mujer que amaba perdiendo fuerza en su agarre en mi mano
-¿Cómo que la llama se apaga?- dije, intentando no entender lo que estaba diciendo. Me negaba.
-No puedo decir con seguridad... porque es algo que no conozco. Nunca he visto algo así, el cómo su cuerpo ha respondido a los estímulos...- se rascó la nuca -Y si lo que me cuenta es totalmente como ha sido, parece ser que con el paso del tiempo ha ido degenerando, empeorando... y ahora simplemente su cuerpo se ha apagado en una suerte de... amago, o aviso. A la velocidad del deterioro, no estoy seguro de cuanto tiempo vivirás, Lírida... pero no llegarás a la edad de tu... pareja- a partir de ese momento, dejé de escuchar las palabras de lamentaciones del médico.

El día pasó como un cometa cruzando el cielo. La noche llegó en un simple pestañeo... y dolorosamente apenas intercambiamos palabras Lírida y yo. Estaba afectada, era lo normal, lo común... al igual que yo. Me pasé la tarde contemplándola. Siempre pensativa, no sólo por su oscuro futuro, sino porque habíamos perdido parte de nuestro sustento para el día a día. Estaba sufriendo, podía verlo, leerlo en sus ojos brillantes. Una idea muy peligrosa cruzó entonces por mi mente... y para llevarla a cabo tuve que esperar a que mi amada cayera en brazos del sueño. Estuve tumbado junto a ella, abrazándola con fuerza, hasta que sentí su respiración acompasarse y calmarse, mientras su consciencia se diluía en campos oníricos, allí donde no podía alcanzarla, ni ella añorarme. Entonces me levanté con sumo cuidado, me vestí con mi capa para las tormentas de arenas y me coloqué la capucha para salir a las calles. Angra era algo espeluznante en la oscuridad nocturna. La blanca luz de la luna pintaba sombras tenebrosas en cada esquina y el silencio no acompañaba para hacer el pequeño paseo más llevadero. A esas horas todo el mundo parecía dormir y la única luz a parte de la nocturna, eran las dos hogueras que alumbraban la Capilla de las Aguas, allí donde me dirigía. El plan que había nacido en mi mente era peligroso, lo bastante para saber que estaba arriesgando mi vida, pero no iba a permitir tan funesto destino para la única persona que amaba y tenía en mi vida. Hacía ya tres meses. Tres malditos meses que el agua no fluía por el canal, pero en la Capilla siempre guardaban un poco de agua, siempre había una reserva a la que rezaban, como si fuese un espejo por el que podían hablarle a los dioses. Si la conseguía, si se la llevaba a Lírida... ¿No era esa la misión del agua? ¿No se suponía que era eso lo que hacía? Había visto a gente al borde de la muerte recuperarse en pocos días debido al agua. El sentido de enfermedad apenas se temía si en poco tiempo llegaban las aguas. El agua. Agua. Nunca una palabra había sonado tan sagrada en el oido humano.

Me adentré en la Capilla sin hacer el menor ruido, con un odre vacío oculto en las ropas. Por lo general no había vigilancia, debido precisamente a que la pena por robar a la Capilla era máxima y nadie, absolutamente nadie, se atrevía a insultar a los dioses que amablemente nos traían el preciado líquido. Para mí, en esos momentos, no había dioses. Sólo seres crueles que hacía tres meses que nos dejaban morir bajo el ímpetu del desierto y la escasez. Sin que nos brindasen su mirada... y ahora pretendían arrebatarme a Lírida. No. Obtendría el agua costara lo que costara, a cualquier precio.
Me adentré en las profundidades de la Capilla, más allá de la sala de entrada donde la gente de Angra se reunía para rezar junto a los clérigos y al Alto Sacerdote. Encontré unos intrincados pasillos que en su momento, imaginaba más sencillos. Al parecer, la Capilla era un lugar que descendía a las entradas de la tierra misma, engañando en su tamaño. Largas escaleras y caminos en pendiente me guiaban a senderos sinuosos que por completo desconocía y aún más desconocía su destino, pero supuse que el agua merecía tamaña protección. Anduve sin descanso durante buen rato. Pensé en la posibilidad de que incluso Lírida se hubiese despertado... Recé a esos desgraciados dioses por que no fuese así, y me limité a caminar. Al final del sendero, por fin, me encontré con una encrucijada. Había más de un camino y seguramente sólo uno conduciría a las aguas ¿Centro, izquierda, o derecha? Centro, me dije, llevándome por el pensamiento de que la glorificación del agua les impediría dejarla en algún lugar donde no hubiese un acceso especial y directo. Cuánto me equivoqué, pues no era sólo el agua. Terminé en una amplia sala abovedada en la que había una suerte de papiro y, además, una fuente con agua, por supuesto. Pese a todo, me hipnotizaba su clareza, lo fresco que se sentía uno cerca de ella, incluso sin beberla. Llené el odre hasta casi dejar la pequeña fuente sin apenas un sorbo de agua, pero no pude evitar fijarme además en aquellos textos, que parecían importantes debido a la posición en la que estaban, sobre una especie de atril perfectamente tallado y llamativo. Me acerqué, los ojeé... y los agarré. Si lo que decían esos textos era cierto... ¿Sería posible? ¿De verdad se podía llegar hasta ellos? ¿De verdad... sus corazones eran de agua pura? Oí ruido entonces, alguien se acercaba. Tenía que salir de allí, pero sólo había un único camino. No tardé en ver la luz de una antorcha que alumbraba el camino de aquel clérigo. Irremediablemente me vio, siendo consciente yo mismo de que no había donde esconderse -¿¡Quién eres tú!? ¿¡Qué haces aquí!?- traté de mantener la cabeza gacha, hacerme lo más difícil de identificar posible, pero se acercaba, ameazante, con restro serio y frío -El agua... ¡Ladrón! ¡Hereje! ¡Has osado robar el agua de los dioses! ¡El agua de tus hermanos de Angra! ¡El agua de la Capilla!- estuvo a punto de irse, de modo que no me dejó opción. Me lancé contra él y lo arrollé contra la pared. Me miró fijamente a los ojos en ese pequeño instante -¿Ares...?-
-Lo siento. Ruego tu perdón- mascullé antes de arrearle un severo puñetazo en pleno rostro que a su vez lo estrelló vagamente contra la pared. El clérigo se derrumbó sobre sus piernas completamente inconsciente. Se despertaría con un buen chichón o peor, con una brecha sangrante. Me había condenado para siempre, pero aún había una cosa por hacer. Podía huir, llevarme a Lírida. El agua que había bebido durante toda su vida no erradicó esa maldita enfermedad desconocida que portaba y la estaba matando, y el agua que había robado y llevaba en el odre tampoco lo haría, pero la aliviaría... ¿Pero y el agua de los dioses? Quizá habría una forma de conseguirla. Quizá... podría aspirar a conseguir para ella el corazón mismo de las aguas...

miércoles, 24 de enero de 2018

Lírida

Me atreví a probar una cucharada de la sopa de thifa y rábanos que había estado preparando en una pequeña olla de cerámica al fuego. Normalmente, cocinaba con antelación al regreso de Ares, para que no tuviese que esperar a saciar su hambre demasiado tiempo. Como esperaba, me quemé la lengua. Lancé un tímido quejido y chasqueé, intentando calmar la quemazón mientras el sabor amargo de la sopa se deslizaba lentamente por el paladar. Estaba lista. Tomé dos platos algo asimétricos de un pequeño armario de madera y serví sopa en ambos. Solía llenar el plato de Ares más que el mío, y no por ahorrar, sino porque él comía muchísimo más que yo. Sujetando ambos cuencos con ambas manos, caminé de regreso hasta donde el hombre se había sentado. Puse su plato junto a él y el mio cerca de mi asiento, para después sentarme y observarle. -Bueno, ¿Que tal tu día entonces? ¿Todo bien?- Normalmente, siempre le realizaba la misma pregunta. Teniendo en cuenta que apenas pasábamos pocas horas juntos al día, lo lógico es que quizás deberíamos hablar de otro tipo de cosas. Pero yo era feliz sabiendo cosas de él, dejándole a él hablar, contemplando como su rostro y sus expresiones cambiaban conforme relataba su día, aquella era la rutina que me gustaba. Era mágico.

El hombre tomó una cucharada de sopa, la tragó y tomó aire para comenzar a relatar cada mínima cosa que había hecho o trabajado aquel día. Explicó que se despertó antes de que yo lo hiciera, que trabajó sin descanso hasta la hora del almuerzo, y que mientras comía, había hablado con un compañero que ya estaba bastante mayor y pensaba dejar el oficio para poder pasar por fin más tiempo con su esposa, por fin. Sonrió al decir aquello, como si la envidia más sana le estuviese corroyendo las entrañas. Al hacerlo, algunas arrugas adornaron el perfil de sus ojos y yo me quedé mirándolas. Ares no era viejo, pero sí más mayor que yo. Sus manos, trabajadas, cada vez dejaban ver más sus venas verdosas. Sus sienes, empezaban a salpicarse de pequeñas canas plateadas, y su rostro, su cuerpo, cada vez albergaba más manchas provocadas por la constante exposición al sol. Sin embargo, no perdía el atractivo que siempre le caracterizó. Ese atractivo que me conquistó la primera vez que le vi.

Trabajaba en los cultivos que mis padres habían conseguido labrar tras muchos años de esfuerzo. Al ser la única hija de la familia, siempre estaba ocupada con las labores del hogar. Pero sin lugar a dudas, la tarea que más me gustaba, era encargarme de los animales y Ares consiguió darle un sentido a ello cuando, un día, estando aun somnolienta mientras alimentaba a los caballos, él pasó frente a la casa de mis padres acompañado de más hombres. Recuerdo que el grupo de hombres me miró y, de seguro, rieron por mis cabellos largos despeinados y las ojeras que caracterizaban mi rostro mañanero. Sin embargo Ares no lo hizo. Él solo me sonrió y yo no fui capaz de mirarle, tan avergonzada como estaba. Pensé que quizás había sido un momento fortuito, un momento más, pero no fue así. A la mañana siguiente, Ares volvió a pasar frente a la casa. Y a la siguiente y a la siguiente. Cada día, empecé a despertarme con menos desgana y más ánimo. Pasé largos minutos innecesarios sobrealimentando a los animales, incluso charlando con ellos como si pudiesen comprenderme, mientras esperaba a que él volviese a pasar y volviese a sonreírme, para así atreverme a devolverle la sonrisa yo también, con el corazón acelerado y su perfecta sonrisa grabada en mi mente. Parecíamos dos... pequeños estúpidos.

Y un día, él se acercó. Yo no supe que hacer, no sabía donde meterme. Era la primera vez que el hombre al que sonreía se acercaba, la primera vez que oía su voz. Me entregó una dárama lilácea, parecida a un diente de león. Me dijo que la había recogido en el camino porque siempre que las veía, le recordaba a mi. ''Una flor que florece en el desierto'' dijo ''Una flor que muestra sus colores en mitad de un mundo sin color''. La cogí con timidez y no le dije nada. Estaba tan avergonzada... Que cuando se fue, pensé que le había causado una mala impresión y no volvería a sonreírme jamás. Pero no fue así. Quizá orgulloso de que su atrevimiento surtió efecto, Ares tomó la costumbre de charlar todos los días por la mañana antes de irse a trabajar durante todo un invierno. Y un día, no fuimos conscientes del pasar del tiempo. Él desatendió su trabajo y yo mis obligaciones durante todo un día. Al anochecer, se plantó en la casa y le pidió a mis padres permiso para casarnos. Mi madre se puso echa una fiera al ver que el hombre que me pretendía me sacaba más de diez años, pero supongo que lo que realmente le pasaba, es que tenía miedo de que su hija se marchase de su lado. Mi padre, por su parte, no tuvo problemas en aceptar darle mi mano a un hombre maduro y trabajador.

Y quizás... en la actualidad, podríamos haber estado ya casados de no ser porque, pocos meses después, las cosas empezaron a complicarse. Mi padre murió de cansancio y la casa, las tierras, los animales y las deudas pesaron demasiado sobre los hombros de mi madre y los míos. Tuvimos que venderlo prácticamente todo y aun así, seguíamos sin poder hacer frente a lo que el futuro nos iba a deparar. Un año después, murió mi madre, que nunca había gozado de buena salud, como yo. Vendí la casa o lo poco que quedaba de ella cuando Ares me ofreció la suya, como si ya estuviésemos casados, como si ya ambos fuésemos uno.

Con el dinero de la casa, compré un caballo, una vaca y un par de gallinas para poder abastecernos un tiempo. Las cosas podrían haber ido bien, de no ser por la enorme escasez de agua, que no ha hecho otra cosa más que traer pobreza a la pequeña familia que él y yo formábamos. Ares vivía preocupado por ello. Se dejaba la energía, las ganas, las motivaciones y su razón de ser en el trabajo con tal de traer algo de dinero o líquido a casa. Y por ello se le veía tan... apagado. -Algún día llegará tu turno- Le sonreí -O en vez de esperar... Podríamos irnos- Sugerí, mordiéndome el labio inferior, a sabiendas de la expresión que pondría. No era la primera vez que lo sugería, el marcharnos lejos, a otro sitio, a otro país, donde quizás las cosas fuesen mejor.  Ares terminó de beberse la sopa tomando el cuenco con las dos manos, y pacientemente, dijo que no podíamos -Pero podríamos intentarlo. Sólo es un desierto. Nos aprovisionaremos bien y seguro que llegaremos, los dos juntos- El hombre se levantó del asiento, llevó su plato hacia un cubo lleno de líquido con el que limpiaba la vajilla sucia y se descamisó. Cuando lo hizo, pude contemplar su espalda rojiza, tostada y chamuscada, decorada con docenas de manchas oscuras que ya jamás desaparecerían. Se volvió a negar. Era demasiado peligroso. Demasiado peligroso, para mí. -Pero... Te echo de menos...- Expliqué componiendo una voz triste y apagada. Él me miró por encima del hombro, con rostro triste también. También me echaba de menos.

A paso lento, se dirigió hacia la cortina que separaba la estancia de la habitación en la que dormíamos. En sí, nuestra casa era un pequeño habitáculo donde todo estaba conectado con todo, sin puertas que separasen las zonas. Sólo la cortina separaba la cama del resto de la casa. Y aunque fuese una simple tela, nos daba cobijo y seguridad. Tras correrla, Ares se desplomó sobre el camastro boca abajo, gozando cada momento de tranquilidad y comodidad que estaban disfrutando sus sentidos. Le dejé acomodarse mientras fregaba los platos sucios, de manera que cuando terminé y regresé hasta él ya se encontraba demasiado somnoliento como para percatarse de mi presencia. Tras apagar los fuegos que iluminaban el hogar, me desnudé a sus espaldas y me vestí con una camisa que le pertenecía, pero que hacía meses usaba para dormir cómoda. Después, me incorporé en la cama con cuidado, con lentitud y cierta intencionalidad. Soplé despacito sobre las quemaduras en la espalda de Ares, provocandole algún que otro gemido de puro alivio. -¿De verdad no quieres el agua?- Ares negó con la cabeza. Estaba demasiado cansado incluso para gesticular, de manera que supuse que estaría también indispuesto para cualquier tipo de cariño que le pudiese dar. Lo cierto es que yo también estaba cansada. Me dolía la cabeza como tantas otras noches y tampoco me encontraba demasiado animada como para mantener un rato más de actividad. Besé la sien de Ares y pasé una mano por debajo de su brazo, sin rozar ninguna parte irritada, para finalmente cerrar los ojos. Sólo quería sentirle, dormir acompañada, saber que él siempre estaría ahí, conmigo.

A la mañana siguiente, preparé el almuerzo para Ares y se lo envolví en una pequeña bolsa de trapo. Apenas acababa de amanecer cuando se marchó y me quedé, de nuevo, sola en casa. No desayuné más que un vaso de leche que la vaca que teníamos proporcionaba, porque ya no había nada que desayunar. Los animales que anteriormente teníamos tuvimos que venderlos, a excepción de la vaca y el caballo, para comprar comida, o agua a quien le sobraba, lo cual era difícil de encontrar.

A mediodía, salí con un pañuelo rodeando mi cabeza y una cesta de mimbre bajo el brazo. Una mujer anciana que vivía en el norte de Angra, había prometido darnos huevos a cambio de haber limpiado la semana pasada toda su vivienda, que era mucho más grande que la nuestra. Me sabía mal pedírselos, ya que la mujer tampoco se encontraba sobrante de recursos, pero unos huevos le vendrían muy bien a Ares para reponer fuerzas, y su bienestar era lo que más me importaba.

No demoré demasiado tiempo con la anciana, puesto que necesitaba tiempo para adecentar un poco la casa y cocinar algo para almorzar, lo que llevaba demasiado tiempo diario. Regresé a paso constante hacia casa, pero en mitad del camino, bajo el imponente y brillante sol, comencé a sentirme mal. Ralenticé el paso y procuré caminar bajo la sombra que las casas proporcionaban, pero por alguna razón, no conseguí sobreponerme a aquel malestar. Entrecerré los ojos cuando la vista comenzó a nublarse y oí un lejao y constante pitido en el interior de mi oído. Sentí que el labio superior se me humedecía, y al llevar la mano y mirarla, la encontré manchada de sangre. -No... Otra vez no...- Las fuerzas me fallaron y la cesta con los huevos se me escapó de las manos, haciendo que estos estallasen contra el suelo y fuesen inservibles. Finalmente, intenté agarrarme a la pared, sostenerme de alguna manera, pero no pude. -A...Ayuda...- Cerré los ojos para intentar respirar cuando no encontré aliento suficiente, o eso fue lo último que recordé antes de que todo se tiñese de una enorme oscuridad.
Sus ojos como estrellas, desde lo alto nos miran. Sus voces, susurros del viento, nos hablan. Sus sombras, infinitas como su tamaño, nos cobijan. Su sangre, el nectar de la vida, el agua, nos sostiene. Sea divina su existencia - Alto Sacerdote Romon III, Capilla del Agua

Ares

Cada día creo haber olvidado lo que se siente al estar vivo, cada noche creo conocer un poco más lo que significa morir. Cada vez que la miro... descubro lo que significa tener un motivo, un propósito, un destino. Vivir en Angra no es sencillo, pese a no ser una población grande y que cada habitante nos reconocemos como una gran hermandad, dificulta mucho la existencia del elemento más primordial. Agua, la bendita y a la vez maldita agua, sanadora de todo mal, recurso escaso y más preciado que cualquier otro elemento, salvo que la vida humana. O eso pensaba antes de descubrir una de las más amargas verdades que el corazón humano puede albergar oculto en su interior. Pese a todo, podíamos seguir hacia delante. Angra era una población en mitad del gran desierto de Serssi, perdido en algún punto concreto de su enorme vastedad. Poco habitante de la población conocía algo más que arena, menos eran los que habían logrado salir del desierto y visitar otros lugares. Los niños crecían pensando que ese era el mundo, tal cual, seco, abstracto, árido y yermo, salvo por el agua que de vez en cuando descendía, milagrosa, en mitad de las arenas. A veces llegaba un pequeño riachuelo, pura, libre de cualquier impureza, como si malvada arena del desierto no pudiese llegar a tocarla. Angra tenía preparado un canal principal para que el agua discurriera por el centro de la población como si fuese una suerte de desfile de la más alta realeza. Allí nos arrodillábamos y llenábamos como buenamente podíamos algunos odres para nuestros designios. Tristemente, nunca era suficiente. El agua calma la sed como nada de lo que logramos destilar en Angra, pero no sólo eso: adormece al insomne, calma al dolido, sana al enfermo, cicatriza las heridas... El agua es lo que comunmente se ha soñado como magia, un sortilegio, pues es un regalo de los llamados dioses, los Guardianes. Se han contado tantas historias respecto a ellos, todas provinientes de algunos escasos viajeros y de los clérigos de la Capilla del Agua, que sirve de templo para rezarles y pedir su atención, su beneplácito y que el flujo de agua jamás deje de llegar, aunque sea tan poca, aunque sea insuficiente para toda la población, aunque nunca obtenga la suficiente para que el amor de mi vida pueda seguir viviendo a mi lado...

-Ares- la voz de Teseus me llegó como un lejano fantasma -Ares, eh- fue cuando me zarandeó el hombro cuando respondí. Le miré fijamente ¿Cuanto tiempo había estado perdido en mis pensamientos? -Ya puedes irte por hoy- dijo, secándose el sudor de la frente. Apenas estaba empezando a caer la tarde pero el calor... Oh, el calor, jamás cesaba. Y las noches eran gélidas como el alma de un asesino
-Aún no he terminado de machacar las hojas de thifa- mascullé, había perdido mucho tiempo en mis problemas internos
-Ya lo veo- suspiró -Pero da igual. Vete ya, descansa. Hoy parece que el sol está mas hideputa de lo normal y nos va a fundir el cerebro. Además, déjalas reposar. Quizá nos ayude este insufrible infierno y las haga sudar sin necesidad de meterlas al fuego. Ahorraremos yesca y madera- aquellas palabras me hicieron asentir, de forma que dejé el enorme mortero casi tan grande como mi brazo en el enorme recipiente lleno de hojas de thifa y me dispuse a secarme el sudor con un viejo y ajado pañuelo. La thifa, volví a pensar, ese recurso que de no ser por él no podríamos vivir un sólo día en Angra. No, no podriamos vivir directamente en el mundo. Los árboles thifa no requerían agua para crecer, sólo calor y un largo y laborioso proceso de pelado. Eran unos árboles que por naturaleza creaban una durísima corteza, tan dura como la piedra, que recogía el calor del sol y mantenía caliente su interior. Esa corteza durísima había que destruirla, rascarla, desnudar al árbol. Así, el sol lo calentaba directamente en su núcleo. Esto aceleraba un poco su madurez y generaba, sabían los dioses cómo, una suerte de proceso interno que hacía que la plantas segregara lo que llamábamos "licor de sol". Con las hojas del árbol y el propio tronco desnudo, machacado, troceado y expuesto a una temperatura alta, más de la común del sol, como una exposición directa al fuego, conseguía que los árboles thifa y sus hojas se consumieran y quedase simplemente ese extraño licor, que desde hace siglos, las familias de Angra han usado para vivir. No sacia como el agua. Jamás nada saciará como el agua, pero era suficiente para sobrevivir, si lo acompañábamos con la ocasional leche de los animales de los pastores o comerciantes y la comida, sólo para esperar de rodillas un poco más la tan ansiada agua.

Aquella tarde me dolía la espalda, demasiado. Estaba achicharrado. Por lo general se trabajaba descamisado y aunque mi piel estaba curtida tras 40 largos años de vida, por alguna razón, aquella jornada el sol me había castigado muy severamente. Anduve por entre las calles formadas por las viviendas de Angra, todas de enorme piedra tallada, tan anchas que permitía un cierto alivio fresco bajo la sombra de su interior. Más allá, sobre las mismas, destacaba el Palacio Blanco. Si algo destacaba en Angra a parte de lo demás, era la diferencia de clases. Yo nunca me consideré un absoluto insurrecto, pero me hervía la sangre contemplar las blancas murallas de ese enorme hogar donde vivía la familia que, por sangre, había fundado Angra y según decían, descubrieron el destilado del licor de sol. Como en todo reinado, o intento de reinado, ellos apenas movían un dedo por la supervivencia de la población de Angra, simplemente se sentaban a la sombra de su amurallado hogar, comiendo de la mejor carne de los pastores, de la mejor leche de los animales y del licor de sol mejor preparado, tanto como quisieran, mientras que los menos favorecidos, los habitantes de a pie, nos veíamos en la necesidad de beber con precaución para no agotar la reserva que con esfuerzo podíamos comprar -...Sea divina su existencia- pude oir de paso, avanzando por las calles, a un clérigo que sobre una roca y bajo la sombra de un anciano arbol thifa cantaba sálmos a los dioses Guardianes. Un círculo de ciudadanos se arremolinaba entorno a él, con las manos juntas sobre sus cabezas, rezando en voz baja los mismos salmos, esperando el día en que se oyera el dulce cántico del agua corriendo por el canal. Yo... ya ni recordaba cuando fue el último día de agua. Empezaban a demorarse demasiado, más cada mes...

-Estoy aquí- dije por fin, abriendo la pesada puerta de madera y cerrándola a mi espalda. El frescor de la sombra me abrazó como una fogosa amante. Suspiré de placer. Mi espalda, si pudiera, gritaría de gozo. Dejé de un odre de licor de sol sobre la mesa y me senté con la espalda contra la pared para sentir su frescura. Lírida no tardó en aparecer. Pálida pese al sol, como siempre, como una estrella brillando entre las llamas de la boca más oscura de un demonio -¿Cómo te encuentras hoy, cariño?- la chica se acercó, la tomé de la cintura y la senté sobre una de mis piernas. La besé con dulzura, con cuidado, como si pudiera romperla. Esperaba que ese día no fuese uno de esos terribles que no puede soportar su propio dolor de cabeza. Aseguró no estar mal y su sonrisa triste no me terminó de convencer, pero era consciente de mi propia pesadez, de mi inseguridad por su bienestar... y no quería atosigarla. Aún me hacía gracia contemplarla en mi regazo y saber que si no nos conocieran, dirían que soy su padre, o que podría serlo. 40 años yo, 24 ella, y nos queriamos como adolescentes. Yo al menos la adoraba. Algunos compañeros me daban codazos, burlándose de cómo no iba a amarla, si siendo 16 años menor que yo, aún le faltaban bastantes años hasta que sus atributos cayeran por su propio peso. Que si fuesen ellos los que estuvieran en mi lugar, juraban por los Guardianes que también amarían con locura a Lírida y no tendrían ojos para otra mujer. Idiotas, imbéciles, no sabían absolutamente nada de Lírida y sólo se referían a ella como un joven cuerpo femenino. Sí, era hermosa. Sí, sus ojos, sus formas, cada parte de ella, era más mágica que la propia agua para mí, pero no era eso. Ella era mucho más que eso. Era lo que me quedaba en la vida, como yo a ella. Eramos dos almas desoladas que se encontraron en momentos de necesidad. Era un fuego que se apagaba muy lentamente... La simple idea me torturaba. Por eso me limité a abrazarla, a enterrar mi barbado rostro en su pecho. Sentí sus manos rodeándome. Sus brazos pasaron sobre mis hombros y siseé. Maldito escozor. Lírida se preocupó -No es nada- le sonreí -Hoy el señor sol estaba algo... molesto, al parecer- me burlé -Nos ha hecho trabajar bajo el fiero látigo de fuego- Lírida se extrañó, no por nada. No era en absoluto común que el sol me quemara la piel a estas alturas. Era abrasador, sí, pero sus rayos no eran tan mezquinos, insidiosos y punzantes para lacerarme la piel de esa forma. Chasqueando la lengua, se levantó de mi regazo y masculló que iría a por algo del agua que nos quedaba. Alargué el brazo como una centella y la aferré de la muñeca -¿Qué?- ella me miró con una sonrisilla culpable -¿Me estás diciendo que aún queda agua?- ella asintió con timidez, aunque aseguró que muy poca. Ni siquiera para un pequeño trago, pero que si derramaba esas gotas por mis hombros y espalda, quizá... -Creí haberte dicho que te la bebieses toda, Liri...- suspiré, mirándola con pesar. Ella simplemente me miraba divertida, con su corazón de niña latiendo con fuerza en su interior. Con ese preciado latir que me daba la vida a mí más que a ella -No voy a utilizar ese agua. Reserva ese pequeño trago para cuando vuelvas a sentirte mal- ella se negó en absoluto, frunciendo el ceño ¿Es que acaso era yo el único con derecho a preocuparme en la pareja? Suspiré profundamente -Liri...- negué con la cabeza -Sólo es una simple quemazón. No me he atravesado el costado con una lanza- le sonreí con pesadez. Estaba cansado, me pesaban los ojos y ella lo veía. Ella no me hizo caso y simplemente se marchó. Bajé la cabeza y me limité a respirar. Si el agua no fuese tan escasa... Maldita sea...