Ares
Un nuevo día, un nuevo sol. Ya brillaba éste alto y furioso en el cielo mientras molía madera y hojas de los árboles thifa. El sudor me caía desde el nacimiento del cabello hasta la barba, empapándome el rostro por completo. Me picaba, me agobiaba, pero soltar el mortero significaría que me costaría horrores volver a agarrarlo. Tras tantas horas de molienda los hombros, la espalda y los brazos me pesaban toneladas y sólo continuaba trabajando debido a la inercia de la tarea que me ocupaba -¿No te estás sobreesforzando?- me preguntó Teseus, pasando a mirar mi labor -Vaya- silbó -¿Te has mirado los brazos, Ares? Están a punto de estallarte- le obvié por completo, como si no estuviese ahí, concentrado en mi tarea -¿Cuanto tiempo planeas echar aquí?- preguntó por fin, cruzándose de brazos
-El que sea necesario- contesté quedamente -A más labor, más licor. A más licor, menos sed-
-Siempre tan entregado a Lírida- sonrió, compasivo -Oye... puedo hablar con el capataz. Ya sabes. Puedo ofrecer ayuda, un pequeño extra-
-Gracias Teseus pero no- bufé por el esfuerzo -No quiero tener mala reputación. Aquí en Angra, conseguirla es tremendamente sencillo- le miré de soslayo -Y esto lo hago por Lírida. Ella se merece todo mi esfuerzo. No me cuesta nada hacerlo por su bien, por su futuro-
-Pero hombre ¿Qué te cuesta pensar en tu futuro, a su lado? Si te matas trabajando la vas a dejar sola- rió en baja voz. Entonces, tuve que detenerme. El pesado mortero restalló como una explosión mientras me apoyaba en él para respirar. Tenía la espalda de nuevo quemada y empapada de sudor. Me picaba cada parte de ella y me escocía debido a las quemaduras mezcladas con el mismo sudor. Aspiré todo el aire que podía y lo solté en un largo bufido
-¿Cuanto hace de la última venida de las aguas, Teseus?-
-Pues...- calculó mentalmente -Han pasado casi... tres meses-
-Antes venía casi cada mes... Desde hace medio año o más se está retrasando cada vez más-
-Es el designio de los dioses- se encogió de hombros -Quizá les estamos ofendiendo ¡Tu exceso de trabajo les ofende hasta a ellos!- quiso quitar hierro al asunto bromeando
-No es motivo de burla, Teseus- le miré con seriedad -No para mí-
-Venga Ares. Maldita sea, eres todo un hombretón siendo tan serio- se burló sarcástico -Un poco de risa no te hará ningun mal. Diviértete ¡Vive, hombre!- me dio una palmada en el hombro. Le miré en silencio. Vivir. Ese era el concepto que me perseguía cada noche y cada mañana. La vida, la misma existencia. Estar ahí, de pie, mirándole, respirando, oyéndole. Pensando, maldiciendo, sintiendo dolor en la espalda, alivio en los brazos. La brisa que de vez en cuando danzaba entre nosotros. A veces caliente, a veces fría. El sabor amargo del licor, su frescura. El sabor delicioso de la carne, y su calor abrasante si estaba recién hecha. Vivir. Un simple cúmulo de sentimientos y sensaciones... que quería que Lírida siguiese sintiendo hasta mucho después de que yo me hubiese ido de este mundo. Porque una extraña sensación, un secreto que nos guardábamos mutuamente ella y yo, susurraba en la oscuridad siniestras palabras de malos presagios, peligros acechantes, la lacerante mirada de la fría penumbra, el nihilo, una corriente estigia, gama de grises que cada vez se tornaba más y más negra... Ah, sí... y jamás podría olvidar que fue precisamente el día en que confirmé aquellas peores y terribles pesadillas
-¡Ares!- oí la voz lejana de un compañero -¡Ares! ¿¡Dónde está Ares!?-
-¡Estoy aquí, Sadir!- llamé, alzando la mano -¿Qué te trae con tanta prisa?- pregunté cuando vino corriendo sin aliento hacia mi posición
-¡Ares... Ares...!- ladeé ligeramente la cabeza. Tamañana desesperación... mi corazón se estaba encogiendo por segundos -Lírida... ¡Lírida...!- sólo con oir su nombre bastó para que en mi mundo se pusiera el sol de inmediato. Yo ya no vivía mi vida a partir de ese instante. Moría en la cuenta atrás de la suya.
Cuando llegué hasta donde Sadir me guió ,había menos gente de la que esperaba intentando atender a mi buena Lírida. Derrotada, derribada en el suelo por sabían los dioses por qué razón, aparté a los curiosos y me lancé de rodillas a su lado, para sostenerla en brazos -¿Lírida? ¿Liri? Cielo, dime algo- la zarandeé con suma suavidad. Le aparté los cabellos del rostro, le besé la frente -¿Cariño...?- me quemaban los ojos como si fuesen ascuas tratando de contener la furia y la incapacidad que sentía en ese momento -Apolyo... ¿¡Dónde está Apolyo!?-
-A... a estas horas debe de estar en su casa...- dijo tímidamente un transeunte
-Sadir...- miré al muchacho -¿Sabes donde vivo, no es así...? Ve, busca a Tinja y traerla hasta la casa de Apolyo. Te esperaré allí-
-¿Tinja?-
-Es mi vaca... La única que tenemos...- mascullé, alzando en brazos a Lírida -Lo siento mi vida... pero tengo que saber que estás bien...- le dije, sin saber del todo bien si en su inconsciencia podría entenderme.
Tendida sobre una cama descansaba ella, dulce, serena, como el sueño más plácido que un hombre pueda llegar a soñar. Un leve rayo de sol alcanzaba a colarse por el hueco que hacía de ventana y le acariciaba la mejilla. Pequeñas, diminutas partículas de polvo flotaban sobre ella. Arena. No tendríais la osadía, inmisericordes ordas del desierto, de perturbar su tan sagrado sueño... -¿Cómo está?- pregunté, agitado, cuando Apolyo la dejó en la habitación y salió a verme al recibidor
-La he examinado minuiciosamente, hay algo que... Bueno...-
-¿Qué quieres decirme?-
-Hay algo que quiero hablar con ella cuando se despierte. Puedes adelantarme algo sin embargo... ¿Ella se ha encontrado bien últimamente?- dijo con voz siniestra. Recordé sus continuos dolores de cabeza, esas extrañas sensaciones de dolores que le venían aquejando cada vez más con los años, cada vez más constantes y punzantes, más intensas. Debió leer en mi rostro la respuesta -Puedes pasar a verla a la habitación... Esperemos que no tarde mucho en despertar-
Quizá pasó una hora o algo más cuando la mujer abrió los ojos. Asustada por no reconocer dónde se encontraba, trató de incorporarse con velocidad. La retuve con velocidad contra la cama para que no se empeorara -Quieta ahí, avecilla... Aún es pronto para que alces el vuelo- le sonreí, hablándole con suavidad y calidez. Me preguntó donde estaba. Pareció calmarse al ver que yo estaba a su lado
-En mi casa- dijo Apolyo con cierto tono apagado -Bienvenida, muchacha. Al parecer te desvaneciste en mitad de la calle hace un par de horas... Quería hablar contigo sobre ciertos asuntos- Lírida compuso un gesto extraño al identificar a ese hombre como Apolyo. Automáticamente clavó en mí la mirada, buscando una explicación. Las atenciones de ese hombre tenían un precio... ¿Cuál habíamos pagado?
-Tinja- dije con tristeza. La chica dejó caer la cabeza con pesadez sobre la almohada, entristecida y gris
-Cuidaré de ella- dijo Apolyo, como si aquello pudiese hacernos sentir mejor -Lírida, necesito que me contestes a unas preguntas muy sencillas- la chica lo miró -¿Es la primera vez que ocurre?- asintió -¿Y cómo te has estado sintiendo últimamente?- Lírida pasó entonces a contarle la situación interna que había estado viviendo -...¿Y durante cuanto tiempo?- toda su vida, aseguró -Vaya... ¿Y he de suponer que has bebido el agua durante estos años vividos?- ella asintió
-¿Qué pasa?- la cara de Apolyo no me gustaba en absoluto
-Supongo que he de hablaros con franqueza- suspiró -Es mi deber como médico-
-Habla- ordené de mal humor. Lírida me tomó la mano para calmarme
-Es difícil decir estas cosas... pero...-
-Habla, ya- ordené de nuevo
-Me temo que la llama se apaga, Lírida- sentí la mano de la mujer que amaba perdiendo fuerza en su agarre en mi mano
-¿Cómo que la llama se apaga?- dije, intentando no entender lo que estaba diciendo. Me negaba.
-No puedo decir con seguridad... porque es algo que no conozco. Nunca he visto algo así, el cómo su cuerpo ha respondido a los estímulos...- se rascó la nuca -Y si lo que me cuenta es totalmente como ha sido, parece ser que con el paso del tiempo ha ido degenerando, empeorando... y ahora simplemente su cuerpo se ha apagado en una suerte de... amago, o aviso. A la velocidad del deterioro, no estoy seguro de cuanto tiempo vivirás, Lírida... pero no llegarás a la edad de tu... pareja- a partir de ese momento, dejé de escuchar las palabras de lamentaciones del médico.
El día pasó como un cometa cruzando el cielo. La noche llegó en un simple pestañeo... y dolorosamente apenas intercambiamos palabras Lírida y yo. Estaba afectada, era lo normal, lo común... al igual que yo. Me pasé la tarde contemplándola. Siempre pensativa, no sólo por su oscuro futuro, sino porque habíamos perdido parte de nuestro sustento para el día a día. Estaba sufriendo, podía verlo, leerlo en sus ojos brillantes. Una idea muy peligrosa cruzó entonces por mi mente... y para llevarla a cabo tuve que esperar a que mi amada cayera en brazos del sueño. Estuve tumbado junto a ella, abrazándola con fuerza, hasta que sentí su respiración acompasarse y calmarse, mientras su consciencia se diluía en campos oníricos, allí donde no podía alcanzarla, ni ella añorarme. Entonces me levanté con sumo cuidado, me vestí con mi capa para las tormentas de arenas y me coloqué la capucha para salir a las calles. Angra era algo espeluznante en la oscuridad nocturna. La blanca luz de la luna pintaba sombras tenebrosas en cada esquina y el silencio no acompañaba para hacer el pequeño paseo más llevadero. A esas horas todo el mundo parecía dormir y la única luz a parte de la nocturna, eran las dos hogueras que alumbraban la Capilla de las Aguas, allí donde me dirigía. El plan que había nacido en mi mente era peligroso, lo bastante para saber que estaba arriesgando mi vida, pero no iba a permitir tan funesto destino para la única persona que amaba y tenía en mi vida. Hacía ya tres meses. Tres malditos meses que el agua no fluía por el canal, pero en la Capilla siempre guardaban un poco de agua, siempre había una reserva a la que rezaban, como si fuese un espejo por el que podían hablarle a los dioses. Si la conseguía, si se la llevaba a Lírida... ¿No era esa la misión del agua? ¿No se suponía que era eso lo que hacía? Había visto a gente al borde de la muerte recuperarse en pocos días debido al agua. El sentido de enfermedad apenas se temía si en poco tiempo llegaban las aguas. El agua. Agua. Nunca una palabra había sonado tan sagrada en el oido humano.
Me adentré en la Capilla sin hacer el menor ruido, con un odre vacío oculto en las ropas. Por lo general no había vigilancia, debido precisamente a que la pena por robar a la Capilla era máxima y nadie, absolutamente nadie, se atrevía a insultar a los dioses que amablemente nos traían el preciado líquido. Para mí, en esos momentos, no había dioses. Sólo seres crueles que hacía tres meses que nos dejaban morir bajo el ímpetu del desierto y la escasez. Sin que nos brindasen su mirada... y ahora pretendían arrebatarme a Lírida. No. Obtendría el agua costara lo que costara, a cualquier precio.
Me adentré en las profundidades de la Capilla, más allá de la sala de entrada donde la gente de Angra se reunía para rezar junto a los clérigos y al Alto Sacerdote. Encontré unos intrincados pasillos que en su momento, imaginaba más sencillos. Al parecer, la Capilla era un lugar que descendía a las entradas de la tierra misma, engañando en su tamaño. Largas escaleras y caminos en pendiente me guiaban a senderos sinuosos que por completo desconocía y aún más desconocía su destino, pero supuse que el agua merecía tamaña protección. Anduve sin descanso durante buen rato. Pensé en la posibilidad de que incluso Lírida se hubiese despertado... Recé a esos desgraciados dioses por que no fuese así, y me limité a caminar. Al final del sendero, por fin, me encontré con una encrucijada. Había más de un camino y seguramente sólo uno conduciría a las aguas ¿Centro, izquierda, o derecha? Centro, me dije, llevándome por el pensamiento de que la glorificación del agua les impediría dejarla en algún lugar donde no hubiese un acceso especial y directo. Cuánto me equivoqué, pues no era sólo el agua. Terminé en una amplia sala abovedada en la que había una suerte de papiro y, además, una fuente con agua, por supuesto. Pese a todo, me hipnotizaba su clareza, lo fresco que se sentía uno cerca de ella, incluso sin beberla. Llené el odre hasta casi dejar la pequeña fuente sin apenas un sorbo de agua, pero no pude evitar fijarme además en aquellos textos, que parecían importantes debido a la posición en la que estaban, sobre una especie de atril perfectamente tallado y llamativo. Me acerqué, los ojeé... y los agarré. Si lo que decían esos textos era cierto... ¿Sería posible? ¿De verdad se podía llegar hasta ellos? ¿De verdad... sus corazones eran de agua pura? Oí ruido entonces, alguien se acercaba. Tenía que salir de allí, pero sólo había un único camino. No tardé en ver la luz de una antorcha que alumbraba el camino de aquel clérigo. Irremediablemente me vio, siendo consciente yo mismo de que no había donde esconderse -¿¡Quién eres tú!? ¿¡Qué haces aquí!?- traté de mantener la cabeza gacha, hacerme lo más difícil de identificar posible, pero se acercaba, ameazante, con restro serio y frío -El agua... ¡Ladrón! ¡Hereje! ¡Has osado robar el agua de los dioses! ¡El agua de tus hermanos de Angra! ¡El agua de la Capilla!- estuvo a punto de irse, de modo que no me dejó opción. Me lancé contra él y lo arrollé contra la pared. Me miró fijamente a los ojos en ese pequeño instante -¿Ares...?-
-Lo siento. Ruego tu perdón- mascullé antes de arrearle un severo puñetazo en pleno rostro que a su vez lo estrelló vagamente contra la pared. El clérigo se derrumbó sobre sus piernas completamente inconsciente. Se despertaría con un buen chichón o peor, con una brecha sangrante. Me había condenado para siempre, pero aún había una cosa por hacer. Podía huir, llevarme a Lírida. El agua que había bebido durante toda su vida no erradicó esa maldita enfermedad desconocida que portaba y la estaba matando, y el agua que había robado y llevaba en el odre tampoco lo haría, pero la aliviaría... ¿Pero y el agua de los dioses? Quizá habría una forma de conseguirla. Quizá... podría aspirar a conseguir para ella el corazón mismo de las aguas...
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